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Llega Samaín (Samhain en gaélico irlandés), la fiesta del fin y del comienzo del año de las brujas. Es una de mis fiestas favoritas.

Adoro que las noches sean más largas y los atardeceres de colores intensos. Que el suelo esté lleno de hojas secas y ese olor a húmedo que tiene el bosque, porque las hojas hacen que la tierra conserve su humedad.

Adoro el viento frío que cuenta historias viejas cuando mueve las ramas ya casi desnudas de los árboles,  y que las hojas caigan sobre mí como una lluvia de bendiciones de Madre Tierra.

En este momento el velo de los mundos es muy fino. Nuestras ancestras y ancestros vienen a susurrarnos al oído lo que fue.

Algunos de los mensajes nos los dan para que no repitamos la historia, aunque viendo lo que está haciendo el ser humano, se ve la sordera que tenemos cuando el mundo natural habla.

Me preparo a conciencia para esta festividad. Como menos, bebo muchas más infusiones, es una manera de limpiar el cuerpo, así como limpio los armarios durante el portal de la Madre de la Tierra.

Ahora que llega el portal de la Madre de la Muerte, quiero estar ligera de cargas, ya que todas ellas llegarán conmigo al caldero, y, como dice mi madre, se limpia mejor lo poco que lo mucho.

Me desprendo de la piel vieja, porque ya no me representa en absoluto. Siento como si la ropa me quedara pequeña con esa piel vieja, y necesito soltarla sin drama, sin dolor, de una sola vez. Por eso encontramos mudas enteras de serpiente, porque se la quitan de una sola vez, enganchando la piel de la boca en alguna planta y saliendo simplemente con su piel nueva brillante, mientras la vieja se queda atrás.

Preparo mis altares, alguno de ellos dedicado a los ancestros y ancestras, que siempre están conmigo, pero en estas fechas los siento mucho más cerca.

Abro mi mente al sueño y sus mensajes, al oráculo de la Tierra, que me habla directamente y sin ambages. No quiero estar sorda, quiero oír, quiero sentir, quiero ser.

La muerte es el don maravilloso del ser humano, porque la muerte como tal no existe, es tan solo un cambio de estado, como cuando el agua hirviendo se evapora. Es verdad que dejaremos de ver el vapor, pero eso no significa que no esté.

Pues con la muerte pasa lo mismo.

Los que se han ido, simplemente se mudaron de barrio, y ahora no los podemos ver, aunque en esta fecha, los podemos sentir a nuestro lado, con ese susurro que os contaba al principio.

Honro a la muerte poniendo huesos y calaveras en mi altar, la naturaleza se encarga de dármelos a lo largo del año. Honro al cambio y a la transformación poniendo un caldero, como símbolo del vientre primigenio de Madre Tierra, donde todo nace, a donde todo vuelve y desde donde todo regresa a la vida de nuevo.

Hago repaso del año que he vivido desde el anterior Samaín, no valoro si ha sido bueno o malo en esos términos, pero si que hay años, y para mí, este es uno de ellos, que ha sido muy intenso y lleno de desafíos.

Te invito a hacer un repaso del año, algo que hacemos todas las Melissas, Brujas y Curanderas de Nai Terra.

Repasa tu año, mira que has hecho, con quién has vivido, quienes han desaparecido de tu vida, quién ha entrado.

Repasa sobre tu acción, las cosas que has hecho, las cosas que has dejado de lado, donde ha estado tu foco este año y si para el que viene el foco será el mismo.

Repasa tus emociones, qué has sentido, por quién lo has sentido. Si te has sentido amada, si has repartido amor por el mundo y si te has sentido nutrida por la Vida.

Repasa tu quietud, tu lentitud, las veces que tenías que haberte estado quieta pero no lo hiciste y te llevaste un chasco grande. Porque no hacer es hacer mucho.

Repasa lo que piensas, tus ideales y valores, los pensamiento redundantes. Mira si tu pensamiento está acorde con tus emociones o si vives en conflicto. Mira tu silencio y las veces que lo has roto y el roto te lo has llevado tú.

 

Este repaso es sagrado. Te invito a que tomes nota de todo esto en cuaderno o en digital, aunque es mejor escribir a mano, tampoco voy a ser más papista que el papa.

Este repaso es un ritual que lleva a tu verdad más profunda, a tu esencia, al verdadero rostro que tienes, dejando a un lado los múltiples rostros, las múltiples caretas y máscaras que nos ponemos en el mundo.

Porque no podemos entrar desde la falsedad en el caldero de la transformación y no hay nada más intimo que la desnudez del alma.

Y así vamos al caldero, desnudas, verdaderas. A la Madre de la Muerte no la importa quién seas ni cómo, Ella solo mira la verdad que eres.

 

¿Conoces tu verdad?

¿Sabes quién eres?

¿Sabes dónde estás?

¿Sabes hacia dónde vas?

 

Estas preguntas también te despojan de tus mentiras interiores. Aquellas que te cuentas para no sentir dolor. Yo lo hago, me engaño a mi misma como una campeona, por eso, en estos momentos, quiero encontrar mi verdad presente más absoluta, porque mi entrega al caldero es incondicional, y quiero ir desnuda, siendo yo misma.

No me siento juzgada, por eso, cada año, temo menos desnudarme, porque nadie me juzga que no sea yo misma, y en mi caso, soy mi peor jueza. Igual te pasa a ti lo mismo.

 

Que tu andadura entre el velo de los mundos sea suave, que tu entrega al caldero sea total, que renazcas con una piel luminosa, con todos tus hilos entretejidos al Gran Tapiz, y siendo consciente de ese tejido.

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