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Una de las cosas que dejo muy clara siempre, es que yo no vendo cursos, en realidad, menos las cartas, el libro o cualquier cosa física que yo pueda hacer, que, sí que sería una venta, no vendo nada más.

Soy formadora, comunicadora, acompañante de caminos que llevo transitando mucho tiempo, dentro de la Tierra, de Sus ciclos y dentro de los cambios de la Luna en todo lo que nos compone, porque no hay afuera. No puedes pagar por mis apuntes o mis audios, eso forma parte del intercambio, que, tengo que decir, que no siempre es económico, y que no paso recibos del 1 al 5 como los alquileres de los pisos, la luz o la hipoteca.

Lo que yo puedo comunicar, que tampoco digo nunca que sea la único, lo primero o lo mejor, porque no soy ninguna de esas tres cosas, soy una mujer normal llena de todo lo que tiene el ser humano dentro, en proporciones diferentes a las de otras personas, pero no soy especial para nada. Lo que yo puedo comunicar es una forma de vida, la mía y la de más mujeres, es una manera de vivir en comunidad donde aportar y ser apoyada sin reservas, son conocimientos no adquiridos sino vivencias integradas en mi ser, que vuelven a veces en la eterna espiral de la existencia.

No hablo de que te voy a enseñar nada porque no tengo esa capacidad, tengo la capacidad de comunicar, tu eres la que tiene la capacidad de aprender, absorber, recordar, despertar, vivencias sin más. Porque cualquier cosa que te pueda comunicar es algo que se vive en el cuerpo y desde el cuerpo, igual que vivimos en la Tierra, por la Tierra y para la Tierra, algunas con voto de servicio y el resto como parte indispensable y efímera de los ecosistemas que componen nuestro hogar.

Este año el Templo cerró sus puertas como siempre hasta el año que viene, hay tres grupos maravillosos, hermanas que acompañan a hermanas, y, que en ese acompañamiento aprenden, como yo, que soy siempre la más afortunada porque tengo la oportunidad de aprender de muchas mujeres.

No sé, por ahora si volverá a haber una edición de Mujer de Poder o de la Tienda Roja, escribís al Templo y pedís información de fechas, que estaban mas o menos previstas para noviembre, pero aún no se si habrá grupo. Está siendo un año algo diferente denso, por si acaso no lo habíais notado, os hago la apreciación, jajajajajaja.

Este año que para nosotras está a punto de terminar en un par de días, ha traído un balance agridulce a este Templo, ha sido un año otoño en todos los sentidos, se han caído las hojas secas, por más que nos gustaran en el árbol, ha habido heridas en el tronco, que hongos e insectos han aprovechado para alimentarse y hacer mella, es lo que hacen todos los insectos en los troncos de los árboles en cuanto encuentran alguna abertura, ir a alimentarse de él, poner huevos y proliferar, y, muchas veces, aunque no nos demos cuenta y nos parezca un árbol poderoso, esos hongos que salen de su corteza y que en otoño nos parecen tan preciosos, los han condenado a muerte sin remisión, tardará en morir, pero ya no tiene salvación.

Y aún muerto seguirá vivo transformándose en humus que volverá a nutrir la rica tierra fértil del bosque.

Muchas de las Sacerdotisas que conozco han sentido la llamada de la Gran Madre en alguno de Sus rostros, con nombres que conocemos o no. La sirven, siempre La sirven. Yo también sentí la llamada de uno de Sus rostros hace muchos años, muchos, muchos, pero como Madre de la Muerte tiene infinitos nombres y la llamo por todos y por ninguno. Pero mi amor, mi llamada más profunda de la Gran Madre me la hizo el bosque, el bosque frondoso, viejo y mohoso, ese que tiene bichos que pican, telarañas, memorias tan antiguas y lentas que, aunque sé que están no puedo escucharlas bien, pero las puedo sentir.

Mi voto a la Gran Madre es para que Ella sea en nuestro corazón lo que ha sido desde el principio, lo que somos, nosotros somos parte de Ella, de manera indisoluble y entretejida a nuestros hilos vitales de la manera más íntima posible, eso sucede lo sepas o no. Mi compromiso es hacer con mis actos y mis palabras que eso resuene dentro de ti, si tiene que resonar, y que te haga sentir que no hay afuera, que todas las personas estamos dentro del Gran Tejido, y que, antes de que termine de destruirse el tapiz paremos para recomponer los hilos rotos.

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