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Comienzo con una serie de artículos de mujeres inventoras, por supuesto, completamente desconocidas para el público en general. Mujeres que tuvieron que pasar por muchas dificultades en un mundo de hombres, y, desde luego, los inventos o patentes nunca estaban a su nombre, sino a nombre del marido.

 

Eso nos deja una perspectiva histórica donde la mujer siempre estaba supeditada a un hombre, y en pleno siglo XX, inventoras o escritoras tuvieron que registrar su obra con un pseudónimo masculino para que pudieran ver la luz.

 

La primera gran inventora de la que se tiene constancia escrita fue Sibylla Masters, colona inglesa en suelo americano de la que se tiene constancia escrita por primera vez en 1692. Su marido llegó a ser juez de la Corte Suprema de Pensilvania y alcalde de Filadelfia, pero los inventos de ella no estaban a nombre de ella, sino del él.

 

Esta mujer, que tuvo que luchar mucho por la supervivencia como colona, dedicando el día a trabajar duro para mantener a su familia, se fijó en como los nativos molían el maíz con unos palos largos. El maíz era la base de la alimentación en forma de tortas o gachas y era molido entre dos ruedas, lo que era bastante dificultoso.

 

Sibylla ideó un molino con mazas que hacía mucho más fácil la obtención de esta harina y se modificó la forma de alimentación ya que daba muchas más posibilidades de cocinado. Una sola mujer modificó la alimentación de una época según se iba extendiendo el invento.

 

En Pensilvania no había registro de patentes así que lo intentó en Londres, ciudad a la que viajó sola y en la que se dedicó a trabajar con el segundo invento conocido, el tejido de sombreros con paja y hojas tuvo una tienda incluso. Y, pretendiendo patentar su molino escribió al rey Jorge, que pasó de ella, hasta que por fin fue reconocida como la patente nº 404, a nombre de su marido, por supuesto.

Todo este proceso fue largo y tedioso y hay muchos detalles que omito, porque se pueden encontrar fácilmente, y no quiero hacer un trabajo denso y largo sobre ella, tan solo poner en valor sus inventos y su invisibilidad.

 

La patente de los sombreros, la 403, fue otorgada a su marido también.

 

La forma de moler el maíz modificó toda la industria de este alimento en las colonias británicas, y fue todo un éxito, incluso se llegó a vender como remedio contra la tuberculosis.

 

Gracias a los documentos escritos podemos conocer a esta gran inventora, que cambió parte de la historia, aunque a punto estuvo de ser completamente invisible y que ahora, estuviéramos hablando del gran inventor. Thomas Masters, que además fue alcalde de Filadelfia y miembro de la Corte Suprema de Pensilvania.

 

¿Cuántos inventos se habrán registrado en la historia a nombre de hombres, aunque las inventoras fueran mujeres?

 

Pues seguramente muchos más de los que podamos llegar a imaginar. Ahora mismo, estudiando a fondo a los grandes inventores y descubridores del siglo XX, podemos ir dándonos cuenta, que igual no era oro eso que relucía, y que tras esa pompa existía un cerebro creador, en un cuerpo de mujer.

 

La mujer ha sido excluida por sistema en la ciencia, y, aún ahora, cuesta que nuestro nombre suene, sea oído, y conocido.

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