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El humano se ha comunicado como especie desde el principio de los tiempos. De las pinturas en las cuevas a los emoticonos en las redes sociales han pasado miles de años, y en ese espacio de tiempo, la comunicación oral y escrito ha cambiado considerablemente en muchos aspectos, y en otros no tanto.

 

Ya los mesopotámicos escribían en una escritura llamada cuneiforme, que, visto de lejos, solo parecen triangulitos puestos de cualquier manera, pero que listos fueron. Antes de esta escritura todo el comercio se hacía contando a través de ábacos, era un proceso tedioso y largo, y fueron tan inteligentes como para crear un lenguaje escrito que agilizara ese proceso. Lo podríamos comparar ahora mismo, a los lenguajes de programación, que aceleran muchos de los procesos que tenemos tan integrados, que no se nos ocurre que no sean inmediatos.

 

Tablilla de escritura cuneiforme

El lenguaje sigue evolucionando, al igual que las formas de comunicación y aparecen idiomas que ya no son cuneiformes, comienzan a aparecer las letras como las conocemos en la actualidad, aunque su evolución fue lenta, evolucionó, tanto el lenguaje oral como escrito para dar cabida a los cambios del mundo, que siempre se iban acelerando para la época. Esto va para vosotres, querido carcádemicos de la lengua española, que no admitís un cambio ni por la vida de vuestros hijos.

 

Siempre me he dedicado a comunicar de una manera u otra, cuando era muy pequeña a través de mi acordeón y del idioma que me inventé con seis años, que tenía su propio alfabeto y gramática (rudimentaria a más no poder, que era una niña repollo repelente, pero con muchos límites).

 

He adorado escribir, copiar lo que leía, fui cambiando de redonda a cursiva, tanto a la derecha como a la izquierda. Experimenté hasta que encontré mi propia letra, con la que escribo ahora como adulta, pero en todo ese proceso de prueba entendí que escribir se me daba muy bien, vamos, copiar. Descubrí la música clásica con siete años y también la música sacra medieval, todo al tiempo, pero como soy una mujer normal fui un repollo normal, nada de estar iluminada a los siete, como La Pucelle (Juana de Arco era llamada así), no. Adoraba la música sacra cantada por hombres, los scriptorio medievales, las miniaturas de códices, los momentos de oración.

Tan solo cuando fui muuuuuy mayor entendí muchas cosas de mi necesidad, tan solo suplida por lo que tenía a mi alcance, la iglesia católica, chimpún. Igual tenía que haberme inventado algo mucho más fantástico de mis descubrimientos sobre Hildegard von Bingen, a la que adoro desde pequeña, pero hasta que no tuve dos cifras en mi edad y la primera era un 2 y la segunda estaba más cerca del 9 que del 5, supe quién era, y todo comenzó a tener otro sentido para mí.

 

Tiene guasa que para haberme dedicado durante años a iluminar pergaminos, no haya sido yo una elegida iluminada. ¡Qué cosas! Igual me lo tengo que hacer mirar, ahora que caigo.

 

Escultura de Hidelgard von Bingen

Así que siempre he estado en contacto con la música, con el papel en el que escribía las partituras y mis propias canciones inventadas. También con las plumillas, me regalaron unas cuantas y adoraba escribir con ellas. La encuadernación llegó más tarde a mi vida, como un amor tardío pero que vino para quedarse para siempre, ahora que mis manos no son capaces de escribir como antes.

 

Y sobre escritura, encuadernación y música os voy a hablar en este blog.

 

Si te gusta el tema, ya sabes, sígueme.

 

Mariam

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