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El cerebro humano no da placer, así como así, no es una epifanía.

Es una respuesta de supervivencia pura y dura, como comer, el sexo, entrar pasmada de frío en una habitación calentita, quitarte los zapatos que te aprietan.

Todo ese placer se recibe por actos de supervivencia, y, aunque ahora todo está al alcance de la mano, y no hay gran cosa que hacer para comer, conservar la comida y curtir pieles, el cerebro sigue respondiendo de la misma manera, porque está programado para ello.

 

Todos esas recompensas requerían esfuerzo, y para que no fueras una dejada de la vida y sobrevivieras el cerebro segregaba dopamina que es la molécula de la motivación, y tras terminar el esfuerzo y como regalito por hacer bien las cosas, segregaba endorfinas.

 

Esto no deja de ser un sistema de recompensas que ayuda al aprendizaje, lo mismo que haríamos educando a nuestro perro, establecer desafíos y sistemas de recompensa, mira los perros de Pavlov, que terminaron asociando la campana a la comida, y cuando oían la campana, los pobres no dejaban de salivar porque la asociación de recompensa ya estaba hecha. Es el ejemplo de condicionamiento clásico y de respuesta condicionada. Podéis leer más sobre el experimento en este enlace.

 

El comportamiento de nuestro cerebro sigue siendo el mismo, pero la sociedad no, el comportamiento de supervivencia ya no existe, pero seguimos recibiendo del cerebro endorfinas que no es un péptido opioide, y como tal genera adicción.

 

Estamos rodeados de estímulos que generan una gran cantidad de dopamina en nuestro cerebro, mucho más de lo que el cerebro puede tolerar, así que reduce los receptores de la dopamina, sigue habiendo mucha, pero es como un vendedor puerta a puerta, ni se la abren y si lo hacemos, no le prestamos ninguna atención.

 

Y ahí entra el círculo vicioso de la adicción, lo que es un deseo por algo se termina transformando en necesidad, y como buena o buen yonki, esa necesidad va a estar por encima de cualquier cosa en tu vida.

 

Las redes sociales y los likes nos dan ese entorno, donde, el o la yonki, siguen recibiendo la dosis de endorfina. La necesita cada vez más, y es a capaz de hacer cualquier cosa para buscarla, pasa un montón de tiempo para enterarse de todo (así la dopamina lo motiva cada vez más, pero el cerebro lo contrarresta), y poder compartir o publicar cualquier cosa, para el conseguir el chute de endorfina, que cada vez es más efímero, así que sigue buscando cada vez más y compartiendo cada vez más.

 

Teniendo en cuenta que yo misma uso las redes sociales como medio de comunicación, no estoy demonizándolas, como tampoco demonizo el chocolate y hay mucha gente adicta al azúcar, pero si pongo hoy el foco de atención a esta droga legal, que podemos llevar encima en todo momento a través de nuestro teléfono móvil.

 

El camino del medio, la mesura, el equilibrio con todo siempre es el mejor camino, pero si has caído en las garras del opio de las redes sociales, y tampoco te demonizo ni pongo sobre ti la responsabilidad, ni mucho menos, si te invito a mirar a tu vida, tu cuerpo y las emociones que albergan, porque un agujero negro hay ahí que atrae con su extrema gravedad el consumo indiscriminado de likes.

 

Y, sobre todo, porque la persona adicta es capaz de hacer cualquier cosa para conseguir su dosis, los adictos a la cocaína, por ejemplo, roban a sus familias y las que no lo son. Para conseguir la endorfina social, somos capaces de poner todos los bulos del mundo, las noticias más peregrinas y hablar de todo y de todos a diestro y siniestro, sin tener en cuenta, claro, las consecuencias para esas personas, y, a la larga, las que tendrá en ti.

 

Que nos tienen idiotizados es cierto, a mí la primera, porque soy de barro, y, por lo tanto, moldeable.

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